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La
música africana reúne buena parte de las esencias del jazz,
aunque poco se sabe de sus movimientos. Asomados como estamos en
el umbral del siglo XXI todavía se desconoce a la inmensa mayoría
de sus protagonistas, a excepción de algunos casos privilegiados
como Manu Dibango, Abdullah Ibrahim o
los añorados Fela Kuti y Ali
Farka Touré. Estos músicos representan tan sólo la punta
del iceberg africano, tras la cual se ocultan numerosos artistas a
los que todavía desconocemos. El pianista, saxofonista,
guitarrista y cantante sudafricano Bheki
Mseleku formaba parte de esta anónima comunidad creadora,
a pesar de que era uno de los personajes más carismáticos de la
escena jazzística británica.
A Londres llegó mediada la década de los 80, momento en el que
decidió abandonar Sudáfrica, su país, como consecuencia del
apartheid. Desde entonces, y tras una fugaz estancia en Estocolmo,
se convirtió en una de las presencias más refrescantes y
luminosas de las noches londinenses, bien apoyado por su trío,
bien escoltando a popes del género como el también saxofonista Joe
Henderson o el trompetista Don Cherry.
Hoy su legado discográfico nos deja álbumes imperecederos en los
que colaboraron otras estrellas del firmamento jazzístico como Abbey
Lincoln, Charlie Haden, Billy
Higgins, Elvin Jones, Ravi Coltrane o su admirado Pharoah
Sanders. Hoy es justo, pues, recordar su ópera prima Celebration
(World Circuit, 1991) y su tan breve como excelente producción
para los sellos Verve y Polygram: el piano solo Meditations
(1992), Timelessness (1993), Star
Seeding (1995) y Beauty of
Sunrise (1997), estos tres últimos grabados junto a
los jazzistas arriba mencionados.
El último disco de Mseleku, Home at Last
(Sheer Sound, 2003), reflejó la enorme carga espiritual que
siempre anheló el multi-instrumentista y compositor sudafricano.
Su búsqueda de la espiritualidad fue tan enfermiza y obsesiva que
los médicos acabaron diagnosticándole una personalidad bipolar,
siendo ahora famosos sus retiros profesionales, a veces
interrumpidos por su dedicación a la enseñanza. En su despedida
todos los especialistas de jazz británicos han subrayado los
esfuerzos de Bheki Mseleku por
intentar construir un mundo mejor a través de la música.
El sudafricano también ha sido recordado por las imborrables
sesiones que protagonizó, desde 1987, en el club londinense Ronnie
Scott, donde empezó a madurar su leyenda con otros
jazzistas africanos y jóvenes músicos emergentes del jazz británico.
Mseleku pudo actuar de nuevo en su país a partir de 2000, cuando
las heridas del racismo estaban cerradas. Cuando salió del país llevaba un dedo menos en su mano. Tras un accidente de tráfico
los médicos de un hospital racista decidieron cortárselo en vez de
intentar salvarlo. Pero dio lo mismo, Bheki Mseleku siguió
adelante y tenía además de calidad, la voluntad de que el racismo no le
impidiera tocar con los grandes del jazz. Y lo
consiguió. Murió libre en septiembre de 2008 a consecuencia de
la diabetes.
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